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La escritura y la muerte en Los detectives salvajes Fue Rodrigo Pinto (1999) el primero que propuso que el movimiento interno Los detectives salvajes se podía entender como una doble pesquisa. Por una parte, los poetas Ulises Lima y Arturo Belano andan en busca de una elusiva poeta mexicana llamada Cesárea Tinajero y de su obra: por otra, un narrador innominado anda en busca de Ulises Lima y Arturo Belano por el mundo. Creo, con Rodrigo Pinto, que la novela se sostiene en este doble movimiento y apoyaré mi lectura en sus diferencias, semejanzas y proyecciones. Concentración
y dispersión: los tipos de narrador El primero es un narrador intradiegético, el adolescente Juan García Madero, que escribe la primera y tercera partes de la novela en forma de diario. El segundo narrador es extradiegético y recoge o transcribe los testimonios de 38 personas, en 15 ciudades, en 8 países. Narrador innominado, se podría pensar en él como un periodista (o detective, claro) obsesionado por la historia de Belano y Lima, dispuesto a recorrer medio mundo para saber qué fue de ellos. La concentración del plano narrativo a cargo de García Madero contrasta notablemente con la dispersión del segundo, a cargo del narrador innominado. Juan
García Madero, joven mexicano de 17 años, de clase media
acomodada, cuenta la historia de su propia iniciación en una
forma de vida centrada en la poesía y el amor. Madero nos cuente
además la historia de los poetas real visceralistas, de la familia
Font, de la prostituta Laura y su cafiche o padrote, Alberto, de las
coincidencias que hacen posible que, en la tercera parte (continuación
de su diario), García Madero y Laura acompañen a Belano
y Lima por los desiertos de Sonora, hasta encontrar a Cesárea
Tinajero. La narración de García Madero da cuenta de un
orden de realidad perfectamente engranado, de una causalidad sin fisuras
que conduce desde el descubrimiento de la poesía hasta el enfrentamiento
con la muerte. La filiación romántica, en tiempos posmodernos,
de Roberto Bolaño es aquí evidente: la creación
poética no es un ejercicio de salón sino un modo, peligroso,
de vida. Esta
práctica de arborescencia narrativa es una característica
fuerte de la narrativa de Bolaño. Mientras narra, utilizando
cualquier tipo de narrador, Bolaño parece estar siempre en presencia
de un próximo relato que lo acosa desde afuera, esperando ser
escrito. En rigor, Los detectives salvajes está construída
como una gran serie de narraciones (relativamente) cortas, imbricadas
o dialogantes, que bien podrían - como sucedió con Auxilio
Lacouture - convertirse en libro independiente. En una entrevista (Iribarren
2002), Bolaño habla de un trabajo en progreso, la novela 2666
que promete ser más voluminosa y compleja que Los detectives
salvajes: pues bien, esta novela está anunciada en las últimas
páginas de los DS, donde García Madero narra el encuentro
con "una maestra en activo" que conoció a Cesárea
Tinajero (Bolaño 1998: 596). El
sino trágico de una época La
búsqueda o recolección de huellas de Belano y Lima, por
su parte, está construida como una serie de relatos cuyo propósito
es hablar de dos sujetos ejemplares de una generación de latinoamericanos
que fue joven cuando los grandes acontecimientos ya habían tenido
lugar: hacia 1976 (cuando se inicia el relato) las revoluciones sociales
ya habían fracasado o se habían institucionalizado, y
las vanguardias literarias habían cristalizado en las obras de
poetas como Vallejo, Borges, Lezama Lima, Paz, de narradores como Cortázar,
Carpentier, Fuentes u Onetti. "Belano y Lima no eran revolucionarios.
No eran escritores. A veces escribían poesía, pero tampoco
creo que fueran poetas. Eran vendedores de droga." (Bolaño
1998: 328), dirá de ellos Alfonso Pérez Camarga en México,
el año 1981. No obstante, entre 1994 y 1995, hay por lo menos
tres relatos (Guillem Piña, Jaume Planells y María Teresa
Solsona Ribot) que sostienen que Arturo Belano era, si no poeta, por
lo menos un novelista con algunas obras publicadas: más aún,
un novelista que desafía a duelo con espadas a un crítico
llamado Iñaki Echavarne por suponer que haría una mala
reseña de su próximo libro. Poco después del duelo,
contado por Jaume Planells como una obrita de teatro de Jarry, Belano
viaja al Africa y desaparece en Liberia (relato de Jacobo Urenda): se
ha jugado la vida por una reseña, pero prefiere irse como periodista
al infierno africano. Los hijos latinoamericanos de los años cincuenta - aun cuando habría que matizar la diferencia entre haber nacido en 1950 y haberlo hecho en 1959 -, en la mirada de Bolaño, estamos todos marcados por el sino trágico de las utopías traicionadas. Eramos demasiado pequeños cuando se estaban gestando los proyectos de transformación radical del mundo y cuando llegamos a la edad de participar en el mundo descubrimos que teníamos que movernos entre escombros y cadáveres. Como señaló Roberto Brodsky en su discurso de homenaje a Bolaño, en la entrega de los premios Rómulo Gallegos el año 1999, "ustedes ya saben el cuento de Chile: primero fue el sueño, luego la pesadilla, y enseguida el sueño nuevamente con flash-backs y raccontos de pesadilla" (Manzoni et.al 2002). Este deambular entre el sueño y la pesadilla creo que corresponde plenamente, a la transición (latinoamericana) entre las fuerzas de nuestras culturas locales y las de la globalización de las comunicaciones y del capital transnacional, la transición entre modernidad y posmodernidad. En una novela como Los detectives salvajes, las preguntas por el origen conducen a los territorios de la tragedia: el cumplimiento del sueño de encuentro con el origen (Cesárea Tinajero) pone a los personajes en el umbral de la pesadilla representada por el asesinato, el exilio, el sin sentido, la auto aniquilación. A la vez, por el sólo hecho de haber sido escrita, una novela como ésta es un acto de fe, de confianza en las posibilidades de la imaginación: "¿Qué hay detrás de la ventana?" (se) pregunta Juan García Madero en la última frase que aparece en las páginas del libro, ante un rectángulo de líneas entrecortadas. Con la obra de Cesárea Tinajero en su poder, al joven García Madero le queda toda una vida por delante para leer e inventar respuestas. Con Los detectives salvajes Roberto Bolaño sitúa a la literatura donde debe estar: en medio de la tormenta.
Este ensayo es ampliación de la ponencia, del mismo nombre, presentada en el seminario sobre la obra de Roberto Bolaño que tuvo lugar en la Universidad de Poitiers en noviembre de 2002. |